Esta semana, cualquiera que siga aunque sea de lejos el mundo del cine y la videoproducción habrá oído hablar de una sola cosa: la nueva Sony FX5, anunciada el 22 de julio. Dada la atención que está recibiendo estos días, he pensado que merecía la pena estudiarla de cerca y contaros por qué, en la forma en que trabajo en vuestras bodas, no cambia nada.

Qué hay de verdaderamente nuevo

No quiero quitarle importancia, porque la FX5 es una cámara seria. Sony le ha puesto un sensor full frame completamente nuevo, triple ISO base (800, 4000 y 12800) para manejar mejor las escenas más difíciles, más de 15 pasos de rango dinámico declarado y grabación open gate 3:2, con RAW interno declarado a 16 bits. Sobre este último punto, siendo honesto, preferiría ver antes pruebas independientes serias: un número de bits en una ficha técnica no siempre se traduce en una diferencia visible real, y no es raro que sea más un argumento de marketing que una ventaja práctica en el montaje. Precio: unos 5.400 € solo el cuerpo, que sube a 6.000 € con la empuñadura XLR.

Una cámara pensada para el rodaje, no para una boda

Hay un aspecto que, mirando bien las especificaciones, salta a la vista: muchas de las características estrella de la FX5 hablan el lenguaje del cine y la publicidad, no el de una boda. Un flujo RAW a 16 bits tiene sentido cuando detrás hay una corrección de color dedicada y semanas de posproducción; frame rates altísimos y tiempo para varias tomas tienen sentido en un rodaje que se puede parar y repetir. Yo filmo en tiempo real, sin segundas oportunidades, y lo que me importa es llegar de la grabación a la entrega con un flujo de trabajo rápido y fiable. No todo lo que hace extraordinaria a una cámara para un largometraje la convierte automáticamente en la elección correcta para contar vuestro día.

Por qué no cambio de todos modos

Y aquí llega el punto que a muchos se les escapa: pasé a Lumix hace poco, y fue precisamente gracias a la grabación open gate —la misma característica que hoy Sony presenta como la gran novedad de la FX5— que descubrí lo bien que combinaba con mis anamórficas Blazar. Ver a Sony perseguir solo ahora algo que mis Lumix ya me ofrecen no me da ganas de volver atrás: me confirma que la elección que hice hace poco fue la correcta.

Lo que una ficha técnica no cuenta

Una boda no concede segundas tomas, y no puedo permitirme confiar en un sistema que todavía tengo que rodar o en ópticas por probar junto con las anamórficas. Mis Lumix ya me dan el rendimiento en condiciones de luz difíciles que necesito cada fin de semana, la estabilización que me deja moverme ligero entre los invitados, y la certeza real —no la de una ficha técnica— de una asistencia local capaz de responder incluso un sábado por la noche.

La cuenta real

Además hay una cuenta que sobre el papel siempre se olvida: en una boda trabajo con al menos dos cuerpos de cámara, no uno. Así que no hablamos de seis mil euros de una vez, sino del doble, antes incluso de considerar ópticas y adaptadores para que las anamórficas funcionen con una montura distinta. Perseguir prestaciones que, para cómo trabajo yo, ya tengo, tendría un coste real mucho más alto de lo que parece a primera vista.

Qué cambia para vosotros

En la práctica, esto significa que el día de vuestra boda no seré yo quien haga de probador de una cámara salida tres semanas antes. Seguiréis teniendo un operador que sigue las novedades, las estudia, pero elige usarlas solo cuando de verdad mejoran la forma en que cuento vuestra historia, no porque sean nuevas. La mejor técnica sigue siendo la que no se nota.

“La técnica correcta es la que desaparece, y deja solo la emoción.”

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