Os lo digo de entrada, para quitarnos el tema de en medio: sí, cada año rechazo bodas. No por darme aires, ni como técnica comercial. Lo hago porque he aprendido — a veces a mi costa — que la calidad de una película de boda se decide mucho antes de encender la cámara: se decide en la agenda.

La trampa del número

En nuestro sector hay una carrera silenciosa por hacer más bodas: cincuenta, sesenta, hasta ochenta por temporada. Las cuentas salen; otra cosa se rompe. A ese ritmo, cada boda se convierte en la tercera de la semana: los ojos se cansan, las ideas se repiten, el montaje se retrasa meses, y la pareja de septiembre recibe su película cuando ya casi es su aniversario. El resultado es una cadena de montaje donde vuestro día — único para vosotros — es un lunes cualquiera para quien lo cuenta.

Qué significa para vosotros una agenda limitada

Aceptar un número limitado de bodas significa que, cuando llego a la vuestra, llego entero. He tenido tiempo de conoceros en videollamadas — la mayoría de mis parejas lo organizan todo desde el extranjero —, de estudiar vuestro lugar de celebración, de pensar vuestra película antes incluso de rodarla. Significa energía fresca y mirada curiosa el gran día, cuando hacen falta doce horas de atención verdadera. Y significa que el montaje empieza cuando los recuerdos aún están calientes: así puedo garantizar entregas rápidas sin sacrificar ni un gramo de cuidado.

El tiempo y la salud forman parte de la calidad

Hay además una verdad que en el mundo de las bodas se dice poco: quien cuenta el día más feliz de vuestra vida tiene que estar bien. Nuestra vida importa, igual que nuestro tiempo y nuestra salud — física y mental. Un artista exprimido no crea: ejecuta. Yo elijo dormir, entrenar, tener una vida más allá de las cámaras, porque la sensibilidad que ponéis en mis manos el día de vuestra boda se alimenta exactamente de eso. Nadie quiere que su boda la grabe un hombre agotado en su octogésimo trabajo del año.

Cómo funciona, en la práctica

Cada temporada abro un número definido de fechas, con especial atención de mayo a octubre. Cuando una fecha se cierra, se cierra: no hago dobletes ni envío a «un compañero en mi lugar» a última hora. Si el día de vuestra boda estoy con vosotros, estoy solo con vosotros. Por eso siempre aconsejo escribirme con 12–18 meses de antelación: no es una técnica de venta, es aritmética.

Algunas de estas fechas las reservo especialmente para parejas que se casan fuera de mi región o en el extranjero: si estáis pensando en un destination wedding, ahí explico cómo trabajo en esos casos.

Si os reconocéis en esta forma de trabajar, el siguiente paso es sencillo: contadme vuestra fecha. Y si tenéis curiosidad por saber cómo es el día en sí, aquí está cómo me comporto en vuestra boda.

“Si vuestra fecha sigue libre, será solo vuestra.”

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